
Ya no puedo retrasarlo más. Mi bienestar, mi falso liderazgo, mis privilegios están en juego, quién sabe si también mi vida. Desde hace tres días esperan mi decisión y yo no me decido. No me decido porque no quiero. Esa es la verdad: que no quiero. ¿Qué harían conmigo si supieran que en realidad no quiero? Ellos, por supuesto, nada. Callarían, sumisos y aparentemente respetuosos de mi voluntad, fingiendo ese temor que nunca han sentido por mi persona, al que sin embargo están obligados; pero el Gran Sacerdote de los Iguales Hermanos sería informado al instante. Y él ni teme ni perdona ni espera. ¿Consecuencia? Mi fin. ¿Torturas? Es posible. Esta mañana, tras inyectarle el somnífero por sexta vez desde que la secuestramos, el hermano Yoka me ha preguntado sibilinamente si es que he pactado fecha extraordinaria con la Voluntad Suprema, a la que él sabe que no tengo acceso. No le he respondido, claro está, y entonces se ha atrevido a farfullar que ojalá no tengamos que darle de comer a los Santos Perros la vida de una muerta. Pero es que no quiero, Santos Perros, Voluntad Suprema, Gran Sacerdote de los Iguales Hermanos. Ya está bien. A ella no. ¿Quiénes sois? La miro dormir desde hace tres días y no la quiero ver ensartada como las otras. Es eso: que no quiero. No hay más. ¿Es que esa voluntad mía carece de sentido? ¿Es que no puede ser Palabra? Basta ya, nunca más, a ella no. Antes que verla agonizar entre ladridos rabiosos y babas y espumas prefiero prenderle fuego a la paja y tumbarme junto a ella. Y que el humo de nuestras cenizas la perdone, me condene y algún día nos junte en cualquier cielo que valga.
De mes en mes, no hay quien os siga, joder.
ResponderSuprimirEntrada semanal, como mínimo. Y gratis, que es lo que se estila.
Lo bueno en pequeñas dosis, aquí siempre gratis.
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