
No me había mi hermana Amparo terminado de decir “ay la Virgen, ¿qué hace abierta la puerta de la casa de los Milena?” cuando las dos vimos salir disparada una muñeca de trapo que fue a parar ahí al escalón de la Higinia, que no se le metió en el zaguán de milagro, menos mal, que si se le mete le arden las cortinas como el pajón. Pero que mire usted, que tanto mi hermana Amparo como yo misma podemos jurar delante de lo más sagrado que cuando la muñeca salió disparada no iba ardiendo, ¿verdad, Amparo? No señor, no: la muñeca se prendió en el aire, de eso puede estar usted más seguro que de su nombre, fíjese lo que le digo. La muñeca hizo ¡cataflás! en cruzando la calle por el aire y cuando llegó al escalón de la Higinia ya era una cosa mala lo que ardía. Pero le digo yo a usted que ese arder no era un arder normal, ¿a que no, Amparo? No señor, no: eso no ardía como ardería una muñeca de trapo a la que le han arrimado fuego, qué va. Eso ardía..., yo qué sé cómo ardía eso. Ardía... ¿Cómo se lo podríamos explicar a este hombre, Amparo?... Ardía como con un fuego de otro color, no sé yo decírselo de otra manera, mire usted, entre verde y morado o yo qué sé, y hacía ¡ffffff! ¡ffffff! ¡ffffff!, como los gatos cuando se entarascan... Mire los pelos cómo se me ponen de recordarlo. Y a mi hermana también, mire, mire cómo se le ponen los pelos también a mi hermana, enséñale el brazo, Amparo. ¿Ve? Es que las dos somos muy impresionables, muy aprensivas, desde chicas. Eso parecía cosa del demonio, bendito sea el Señor. Pero es que, calla, que no nos habíamos recuperado del susto cuando hace la puerta ¡¡¡catapón!!! y se cierra sola. Oiga, ¡qué portazo! Como si la hubiera cerrado un gigante. ¡Ay, la Virgen! Y aquí mi hermana que se pone a chillar como una descosida, y yo que no me esperaba oír a la Higinia detrás nuestra gritando “¡pero esto qué es, pero esto qué es!” y dándole pisotones a la muñeca —el susto que me dio, la mamarracha—, que me puse a chillar también y la Higinia con la alpargata ardiendo y pegando alaridos y pisotones en el suelo para apagársela, la mujer, que se le achicharraba el pie, y todos los perros de la calle ladrando y... y... y... Calla, calla, calla, ¡la que pudo liarse en un momento! Yo, mire usted: yo no sé esto qué es lo que ha sido, pero ya ha visto usted que ahí en esa casa no hay nadie, que esa casa está cerrada desde que los Milena se fueron de aquí hace un porrón de años, figúrese usted, era mi hermana todavía mamona y ya va para los sesenta y siete. Yo en fantasmas no creo, y mi hermana tampoco, ¿a que no, Amparo?, pero sí es verdad que la casa esa no le gusta aquí a nadie, no sé yo por qué, pero gustarnos no nos gusta aquí a nadie. A nadie. Algo tiene. Algo que los Milena se dejaron ahí adentro, eso dice la gente, yo qué sé. Algo tiene. Y con lo malos y lo asquerosos que eran los Milena, ¡todos, todos, a cada cual más hijoputa, y no me callo porque es verdad!, no me extraña que se dejaran un mal susto ahí adentro, en esa casa que tanta sangre costó aquí a algunos. Algo tiene.
¡Muy bueno!
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