viernes 2 de abril de 2010

¿La hija de quién?


Le estaba enseñando yo Londres a mi tía Justa cuando, de repente, mi tía Justa palideció. «Virgen María Santísima de los Desamparados», invocó, estremecida, bajito, como para muy dentro de ella, y aun pronunció tres veces otro de sus revulsivos católicos —«Josú, Josú, Josú»— antes de indicarme con el dedo la causa de su sorpresa. Me volví. «Que me caiga muerta aquí mismo si la moza que está acostada en ese poyetón no es la hija de la Bacalá, niño», añadió mi tía con la voz y los ojos propios de quien ve y se refiere a algo todavía más imposible que un fantasma. Yo arqueé las cejas, claro, tuve que arquear las cejas antes de preguntarle: «¿La hija de quién?», mintiéndole a mi tía con el tono desinteresado y hasta despectivo que me vi obligado a emplear para demostrarme a mí mismo que yo ya era otro, que había prosperado, que me había hecho de mundo, que el programador informático que vivía y trabajaba en Londres desde hacía seis años no tenía nada, absolutamente nada que ver con el cateto bien peinado que un día salió de aquel poblacho blanco y sin desperezar para —según presumía mi padre en el bar del Yescas— estudiar una carrera de cosas de esas de ordenadores de ahora. Pero yo sabía perfectamente quién era la Bacalá y quién su hija, la Paqui. Mi tía Justa me miró como si me hubiera perdido en arduas cuentas para averiguar cuántas peras quedan si a un cesto de cuatro peras le quitas tres. «De la Bacalá, niño, de la Bacalá: la Paqui». Ante el desconcierto casi agresivo de mi tía, yo insistí unos segundos más en la desmemoria de aquella Paqui, la esmirriadilla, Paqui la sin padre conocido, llorona al primer «hija de puta» que le gritábamos los niños canicófagos, patitas de alambre de la Paqui que se hacía mujer y se le empingorotaban los pechos más bien sueltos en sus sostenes viejos, los besitos en el cuello que me daba y que me volvían cortita y mucha la respiración, las pajas que me hacía con la zurda en la trastera, Paqui la del padrastro tratante y borrachón, sospechoso de homicidio a navaja, la que me escupió a la cara y me llamó «bragazas» cuando le dije que se acabó la trastera porque quería contarlo, Paqui la de la huida varios años después, la dada por muerta o por preñada o por echada a patadas por la Bacalá celosa y loca y sucia. «Esa qué va a ser la hija de la Bacalá, tía, no alucines, esa qué va a ser la Paqui», le dije, determinado a pensar que mi septuagenaria tía —a la que le había dado por ver mundo tras enviudar del tío Francisco— chocheaba convenientemente. No obstante, he vuelto al lugar, claro que he vuelto al lugar, y he mirado el poyetón siempre, de reojo, para verlo vacío o habitado por una gente extrañísima y muy lejana.

3 comentarios:

  1. La que está tumbada, no, no, esa no está "pal poyetón", no se ha quedado para eso.

    Muy bueno, como siempre.
    Queremos más.

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  2. Hola Bernard:
    Había un comentario anónimo acusándole a usted de ser un pelota, decía algo así: "Cuanto peloteo hay por aquí, y sobre todo un pelota que empieza por B..."

    He activado la casilla de verificación para publicarlo, pero no ha salido, no sé por qué. Esta aclaración va por usted, usuario Anónimo. Si lo desea puede unirse a nuestra plantilla de "pelotas oficiales",los que opinan del contenido de las entradas.

    Volveremos, no sé si en un breve o dilatado lapso.

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  3. En Barcelona la hubiese disfrutado más por su anatomía.

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