viernes 15 de julio de 2011

Un cielo que valga

Ya no puedo retrasarlo más. Mi bienestar, mi falso liderazgo, mis privilegios están en juego, quién sabe si también mi vida. Desde hace tres días esperan mi decisión y yo no me decido. No me decido porque no quiero. Esa es la verdad: que no quiero. ¿Qué harían conmigo si supieran que en realidad no quiero? Ellos, por supuesto, nada. Callarían, sumisos y aparentemente respetuosos de mi voluntad, fingiendo ese temor que nunca han sentido por mi persona, al que sin embargo están obligados; pero el Gran Sacerdote de los Iguales Hermanos sería informado al instante. Y él ni teme ni perdona ni espera. ¿Consecuencia? Mi fin. ¿Torturas? Es posible. Esta mañana, tras inyectarle el somnífero por sexta vez desde que la secuestramos, el hermano Yoka me ha preguntado sibilinamente si es que he pactado fecha extraordinaria con la Voluntad Suprema, a la que él sabe que no tengo acceso. No le he respondido, claro está, y entonces se ha atrevido a farfullar que ojalá no tengamos que darle de comer a los Santos Perros la vida de una muerta. Pero es que no quiero, Santos Perros, Voluntad Suprema, Gran Sacerdote de los Iguales Hermanos. Ya está bien. A ella no. ¿Quiénes sois? La miro dormir desde hace tres días y no la quiero ver ensartada como las otras. Es eso: que no quiero. No hay más. ¿Es que esa voluntad mía carece de sentido? ¿Es que no puede ser Palabra? Basta ya, nunca más, a ella no. Antes que verla agonizar entre ladridos rabiosos y babas y espumas prefiero prenderle fuego a la paja y tumbarme junto a ella. Y que el humo de nuestras cenizas la perdone, me condene y algún día nos junte en cualquier cielo que valga.

miércoles 1 de junio de 2011

Algo tiene


No me había mi hermana Amparo terminado de decir “ay la Virgen, ¿qué hace abierta la puerta de la casa de los Milena?” cuando las dos vimos salir disparada una muñeca de trapo que fue a parar ahí al escalón de la Higinia, que no se le metió en el zaguán de milagro, menos mal, que si se le mete le arden las cortinas como el pajón. Pero que mire usted, que tanto mi hermana Amparo como yo misma podemos jurar delante de lo más sagrado que cuando la muñeca salió disparada no iba ardiendo, ¿verdad, Amparo? No señor, no: la muñeca se prendió en el aire, de eso puede estar usted más seguro que de su nombre, fíjese lo que le digo. La muñeca hizo ¡cataflás! en cruzando la calle por el aire y cuando llegó al escalón de la Higinia ya era una cosa mala lo que ardía. Pero le digo yo a usted que ese arder no era un arder normal, ¿a que no, Amparo? No señor, no: eso no ardía como ardería una muñeca de trapo a la que le han arrimado fuego, qué va. Eso ardía..., yo qué sé cómo ardía eso. Ardía... ¿Cómo se lo podríamos explicar a este hombre, Amparo?... Ardía como con un fuego de otro color, no sé yo decírselo de otra manera, mire usted, entre verde y morado o yo qué sé, y hacía ¡ffffff! ¡ffffff! ¡ffffff!, como los gatos cuando se entarascan... Mire los pelos cómo se me ponen de recordarlo. Y a mi hermana también, mire, mire cómo se le ponen los pelos también a mi hermana, enséñale el brazo, Amparo. ¿Ve? Es que las dos somos muy impresionables, muy aprensivas, desde chicas. Eso parecía cosa del demonio, bendito sea el Señor. Pero es que, calla, que no nos habíamos recuperado del susto cuando hace la puerta ¡¡¡catapón!!! y se cierra sola. Oiga, ¡qué portazo! Como si la hubiera cerrado un gigante. ¡Ay, la Virgen! Y aquí mi hermana que se pone a chillar como una descosida, y yo que no me esperaba oír a la Higinia detrás nuestra gritando “¡pero esto qué es, pero esto qué es!” y dándole pisotones a la muñeca —el susto que me dio, la mamarracha—, que me puse a chillar también y la Higinia con la alpargata ardiendo y pegando alaridos y pisotones en el suelo para apagársela, la mujer, que se le achicharraba el pie, y todos los perros de la calle ladrando y... y... y... Calla, calla, calla, ¡la que pudo liarse en un momento! Yo, mire usted: yo no sé esto qué es lo que ha sido, pero ya ha visto usted que ahí en esa casa no hay nadie, que esa casa está cerrada desde que los Milena se fueron de aquí hace un porrón de años, figúrese usted, era mi hermana todavía mamona y ya va para los sesenta y siete. Yo en fantasmas no creo, y mi hermana tampoco, ¿a que no, Amparo?, pero sí es verdad que la casa esa no le gusta aquí a nadie, no sé yo por qué, pero gustarnos no nos gusta aquí a nadie. A nadie. Algo tiene. Algo que los Milena se dejaron ahí adentro, eso dice la gente, yo qué sé. Algo tiene. Y con lo malos y lo asquerosos que eran los Milena, ¡todos, todos, a cada cual más hijoputa, y no me callo porque es verdad!, no me extraña que se dejaran un mal susto ahí adentro, en esa casa que tanta sangre costó aquí a algunos. Algo tiene.

miércoles 19 de enero de 2011

Cuernos


Me gustaría tanto ver tu cara. ¿Qué cara has puesto? ¿Qué gesto tienes? Hace diez minutos sonreías. Cuando le has preguntado qué iba a beber, sonreías. Cuando te ha respondido que una cerveza, cuando inmediatamente ha cambiado de idea, «mejor un... una...», cuando finalmente ha dicho que no sabía qué quería beber, tú sonreías. El indeciso de siempre. Estaba nervioso, impaciente, juntaba los muslos, gesto infantil, y tú sonreías. Y la sonrisa se te ha agrandado aún más cuando lo has visto abrir la puerta del muñequito mujer y meterse sin darse cuenta de su error. El despistado, el atolondrado de siempre, el adorable. Pero, ¿y ahora? ¿Qué cara tienes ahora, diez minutos después de que la pelirroja se haya metido con él, cuando lleva diez minutos con él tras la puerta del muñequito con falda? Me gustaría verla. Tu cara. ¿Sonríes? Hace diez minutos. La pelirroja estaba en la barra junto a una mochila casi más grande que ella, una pelirroja menudita y joven que lo ha mirado al entrar, a la que ha mirado al entrar, y ahora no sé si sigues sonriendo o qué gesto tienes, qué cara pones. Una pelirroja que vestía unos shorts inguinales y unos pechos bizcos y tiesos y largos y sueltos. ¿Por qué lo piensas en pasado? ¿Qué gesto pones, qué cara tienes? La joven pelirroja viste, no vestía. Pero los shorts estarán en el suelo o en sus tobillos, quizá colgándole de un pie mientras él culea. ¿Por qué piensas en shorts cuando tu idioma es de pantalones cortos? ¿Sonríes? ¿Sigues sonriendo? No lo sé. No pienses en shorts, no pienses en pasado. A ver tu cara. Tonta, esnob, anglófila, ¿shorts? Muy cortos. No, no lo ves sujetándola por los muslos contra el alicatado blanco, él no es tan fuerte, ella era menudita, sí, pero él no es tan fuerte, ni siquiera estás segura de si el alicatado es blanco. ¿Era menudita? ¿Ya no es menudita? ¿Qué cara tienes? Lo ves sentado en el váter y con ella encima. No le ves a ella un tatuaje en el culo, se lo ves en la pantorrilla, en la izquierda, no sabes qué es, un símbolo raro, en el culo lo que la pelirroja tiene son hoyuelos, muchos hoyuelos. Y vaivén, frenético. Y vaivén, sin ruido. Y vaivén, duro, deprisa, glúteos batidos. Buscan sin mirarse el orgasmo cuanto antes, hace diez minutos. Él se las muerde, las tetas, eso sí lo ves con claridad, de eso estás completamente segura, se las muerde por encima de la camiseta, se las muerde hasta el límite de la sangre, sobrepasando el del daño, si lo sabrás tú, que lo amamantaste hasta mucho después de su primer diente y de su segundo y de su tercero. No sabes cómo me gustaría ver tu cara, de verdad, qué gesto tienes. Si te volvieras, si quisieras volverte... Sólo un momento.

lunes 30 de agosto de 2010

La mujer y la hembra


Difícil decidir si la que vemos ahora es la hembra que le queda o que le falta a la mujer de la figura oscura y liviana que regresa a casa tras haber despachado tabaco y chicles y cuadernos escolares en el estanco de la esquina de Las Flores: la que, a pasitos jóvenes de vieja absorta, atraviesa el pueblo con los ojos rasos en el embaldosado y saluda sólo a quien la saluda por no dar qué hablar más de su antipatía amarga. Complicado averiguar si la que estamos viendo en el redil de su libertad ama o desprecia a la otra antes de llegar a casa y desnudarse los lutos del cuerpo y de la cara y de las uñas y de la fruta y del pelo. La pinza en la solapa es un recordatorio del pasado de hace unos minutos. Al final, Paco no llegó a estrenar la barbacoa, después de todo lo que discutieron sobre la conveniencia de comprarla, que hasta dejaron de hablarse tres días cuando él se presentó con el cacharro. La sandía es el postre de antes de comer, un carnaval previo a la cuaresma de los garbanzos de la perola; la sandía es el jugo del que se empapa la hembra antes de volver a salir al sol y la secarra que la acompañan hasta el estanco. Podemos afirmar que la mujer sombra que nos vende tabaco en la esquina de Las Flores tiene una hermana lejana, casada y Purificación a la que quiere ver y besarle los sobrinos con ruido porque es lo único que le queda; sabemos, aunque no con toda seguridad, que la hembra que arrumbó el crucifijo y que nada más llegar a su encierro se ilumina el ser entre medicamentos, hules y romanas se sentiría mucho mejor si la soledad fuese completa, auténtica, sin un titacomoestás chillón y desconocido al teléfono el día de su santo, de su cumpleaños y por Navidad. La bata la compró a escondidas de la mujer enlutada del estanco, en otro pueblo. Los labios pintan lo que la mujer calla y la hembra piensa. Las uñas son de arañar la pulpa.

viernes 21 de mayo de 2010

Tatuaje


Fue entonces cuando, a contraluz, vio al hermoso y rubio marinero de voz amarga, doliente y cansada cuyo nombre de extranjero su bisabuela llevaba tatuado en la caricia de su piel. Ella lo reconoció enseguida, él tuvo que entrecerrar los párpados para verla mejor. Se miraron a los ojos durante unos segundos, al cabo de los cuales el marinero bajó la cabeza, se dio la vuelta y desapareció ―con rumbo ignorado― sin haber llegado a traspasar el umbral de la puerta de la taberna. «¿Quién era ese?», le preguntó el hombre al que estaba a punto de fotografiar. «Nadie, un olvidado», respondió ella y añadió, fingiendo una sonrisa: «Voy a pedirme un aguardiente».

viernes 2 de abril de 2010

¿La hija de quién?


Le estaba enseñando yo Londres a mi tía Justa cuando, de repente, mi tía Justa palideció. «Virgen María Santísima de los Desamparados», invocó, estremecida, bajito, como para muy dentro de ella, y aun pronunció tres veces otro de sus revulsivos católicos —«Josú, Josú, Josú»— antes de indicarme con el dedo la causa de su sorpresa. Me volví. «Que me caiga muerta aquí mismo si la moza que está acostada en ese poyetón no es la hija de la Bacalá, niño», añadió mi tía con la voz y los ojos propios de quien ve y se refiere a algo todavía más imposible que un fantasma. Yo arqueé las cejas, claro, tuve que arquear las cejas antes de preguntarle: «¿La hija de quién?», mintiéndole a mi tía con el tono desinteresado y hasta despectivo que me vi obligado a emplear para demostrarme a mí mismo que yo ya era otro, que había prosperado, que me había hecho de mundo, que el programador informático que vivía y trabajaba en Londres desde hacía seis años no tenía nada, absolutamente nada que ver con el cateto bien peinado que un día salió de aquel poblacho blanco y sin desperezar para —según presumía mi padre en el bar del Yescas— estudiar una carrera de cosas de esas de ordenadores de ahora. Pero yo sabía perfectamente quién era la Bacalá y quién su hija, la Paqui. Mi tía Justa me miró como si me hubiera perdido en arduas cuentas para averiguar cuántas peras quedan si a un cesto de cuatro peras le quitas tres. «De la Bacalá, niño, de la Bacalá: la Paqui». Ante el desconcierto casi agresivo de mi tía, yo insistí unos segundos más en la desmemoria de aquella Paqui, la esmirriadilla, Paqui la sin padre conocido, llorona al primer «hija de puta» que le gritábamos los niños canicófagos, patitas de alambre de la Paqui que se hacía mujer y se le empingorotaban los pechos más bien sueltos en sus sostenes viejos, los besitos en el cuello que me daba y que me volvían cortita y mucha la respiración, las pajas que me hacía con la zurda en la trastera, Paqui la del padrastro tratante y borrachón, sospechoso de homicidio a navaja, la que me escupió a la cara y me llamó «bragazas» cuando le dije que se acabó la trastera porque quería contarlo, Paqui la de la huida varios años después, la dada por muerta o por preñada o por echada a patadas por la Bacalá celosa y loca y sucia. «Esa qué va a ser la hija de la Bacalá, tía, no alucines, esa qué va a ser la Paqui», le dije, determinado a pensar que mi septuagenaria tía —a la que le había dado por ver mundo tras enviudar del tío Francisco— chocheaba convenientemente. No obstante, he vuelto al lugar, claro que he vuelto al lugar, y he mirado el poyetón siempre, de reojo, para verlo vacío o habitado por una gente extrañísima y muy lejana.

jueves 10 de diciembre de 2009

Los niños


Sobre las minas han crecido flores amarillas. No debió ser tan despiadada la idea, como se dijo, cuando en su campo ha podido desarrollarse tanta belleza. Las minas las plantaron unas Piadosas Personas para detener a los niños que pretendían perderse en el bosque. Era la época en que muchos niños y niñas soñaban con perderse en el bosque; un ogro apestoso les aseguraba que en el bosque –las niñas– entablarían relaciones con simpáticos enanos adinerados y –los niños– podrían desflorar a unas ninfas más hermosas que la lágrima y que la risa juntas. Lo de la casa de la bruja sirvió de muy poco, en seguida los muy pillastres se dieron cuenta de que no era más que un decorado y que las carcajadas de vieja que se oían las hacía un gramófono, así que las Piadosas Personas se vieron obligadas a sembrar las minas, los niños no se asustaban de la supuesta bruja y continuaban cruzando el –por aquel entonces– terreno baldío para adentrarse en el bosque, ávidos de los placeres que les prometía el ogro. El ogro se llamaba Cajo y estaba emparentado con Lucifer, era sastre, cuentan que aún no ha muerto y que muchos perdidos y oscuros siguen vistiendo sus trajes y sus camisas para ir de fiesta en fiesta. El número de niños reventados por su mal proceder fue muy inferior al número de los que se perdieron en el bosque, eso está en los papeles de Extravíos y Mortandades, ahí no hay mentira. Las criaturas, al contrario que a la bruja, le tomaron espanto a las explosiones y sólo las muy ciegas por los consejos de Cajo se aventuraban a pasar, unos caminando despacito, otros a la carrera, otros con zancos, pero casi todos ¡pum!, en su mayoría ¡pum! Alguno hubo que lo salvó el Demonio y esto hacía llorar a las Piadosas Personas con más sentimiento y estridencia que la que empleaban para lamentarse de las pueriles voladuras, era conmovedor contemplarlas. Las flores crecen sobre mucha sangre, muchos corazones y mucho pecado acomodado en la conciencia, y purifican como el fuego. Minas deben quedar todavía, se plantaron cientos de ellas, hay quien dice que miles. Pudiera ser. Nunca fueron ni serán suficientes.